La escritora de origen chileno, cumple 75 años.
Desde estas páginas os dejamos algunas de las miles de frases que pueblan el mundo de las palabras, allí donde se guardan esperando ser leídas, recordadas, acariciadas, abrazadas, olvidadas, acunadas, mecidas, recitadas, descuidadas... todas ellas merecen elevado trono, donde puedan ser descubiertas con las llaves del interior, y de allí partan desde nuestros labios hacia las almas donde, quizás, sólo quizás, sean leídas, recordadas, acariciadas, abrazadas, olvidadas, acunadas...
También os acompañará al final de la entrada un fragmento de "Cuentos de Eva Luna".








"Tenía el nombre de Belisa
Crepusculario, pero no por fe de bautismo o acierto de su madre, sino porque ella misma lo buscó hasta
encontrarlo y se vistió con él. Su oficio era vender palabras.
Recorría el
país, desde las regiones más altas y frías hasta las costas calientes,
instalándose en las ferias y en los mercados, donde montaba cuatro palos con un
toldo de lienzo, bajo el cual se protegía del sol y de la lluvia para atender a su clientela.
No necesitaba
pregonar su mercadería, porque de tanto caminar por aquí y por allá, todos la
conocían.
Había quienes la aguardaban de un año para otro, y cuando aparecía
por la aldea con su atado bajo el brazo hacían cola frente a su tenderete.
Vendía a precios justos.
Por cinco centavos entregaba versos de memoria, por
siete mejoraba la calidad de los sueños, por nueve escribía cartas de
enamorados, por doce inventaba insultos para enemigos irreconciliables.
También
vendía cuentos, pero no eran cuentos de fantasía, sino largas historias
verdaderas que recitaba de corrido, sin saltarse nada.
Así llevaba las nuevas
de un pueblo a otro.
La gente le pagaba por agregar una o dos líneas: nació un
niño, murió fulano, se casaron nuestros hijos, se quemaron las cosechas.
En cada lugar se juntaba una pequeña multitud a su alrededor para oírla cuando
comenzaba a hablar y así se enteraban de las vidas de otros, de los parientes
lejanos, de los pormenores de la Guerra Civil.
A quien le comprara cincuenta
centavos, ella le regalaba una palabra secreta para espantar la melancolía.
No era la misma para
todos, por supuesto, porque eso habría sido un engaño colectivo.
Cada uno
recibía la suya con la certeza de que nadie más la empleaba para ese fin en el
universo y más allá."
